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La rata que se inventó mi mamá (primera entrega)

por Agustín Fest
Antes de irme debía despedirme de mi gorda, o eso me reprochaba la conciencia: “¿Hace cuánto que no ves a tu madre?”, unos diez u once años. Ella había decidido vivir sola en la casa de aquel pueblo tranquilo donde hasta Dios se aburría de que le rezaran todos los días. Me serviría estar ahí un tiempo para esconderme y pensar que le diría a mi madre: las razones de por qué hice lo que hice y luego despedirme definitivamente. O quien sabe, tal vez vivir en ese pueblo indefinidamente —si era cierto que era tranquilo—, entonces no habría forma de que ellos pudieran encontrarme.
Mi madre ya era una señora grande: sesenta y tres años. Aunque si tomamos en cuenta que yo tengo cuarenta y dos, me tuvo muy joven. Tuvo a tres de mis hermanos antes que a mí. Sí, mi madre era de esas señoras que pensaban completar el equipo de fútbol.
Mis cinco hermanos le visitaban más seguido, ellos si se tomaban su tiempo (tres veces al año) para hacerlo. ¿Por qué no lo hacía yo? Desde joven fui considerado la oveja negra de la familia, me miraban leyendo a los cinco años “Papillón”, “Drácula” y “El exorcista”. Sabían que algo raro pasaba conmigo. No los culpo, yo les abandoné y los orillé a abandonarme.
La gorda era una persona dominante con todos, excepto conmigo. A pesar que la familia sabía que tenía la etiqueta de raro-excéntrico-criminal-y-oveja-negra, ella me sobreprotegía a mí, no a ellos. Tal vez por eso mis hermanos la visiten más seguido, deben satisfacer algún vestigio de su complejo de Electra, o tal vez siguen hablando de mí a mis espaldas, tratando de manchar su buena imagen.
He tomado el primer camión, deberé de tomar otros dos más. Uno bonito y dos guajoloteros. Mi gorda vive en un pueblito muy tranquilo y muy escondido, donde espero que ellos no puedan encontrarme.
Soy un vividor, debo admitirlo. Algo así como un producto de la era moderna, de esta sociedad capitalista y demócrata (siempre quise decir eso). Desde chiquito me fascinaron las computadoras (mi primera fue una Commodore 64, me encantaban los jueguitos, ¿qué puedo decir?). Claro, nunca fui bueno en matemáticas. Me gustaba la historia y la literatura. Estudié dos semestres de Sociología, dos de Pedagogía y dos de Sistemas Computacionales. Tremendo paquete resulté ser… ¿y mis hermanos pensaban que era una oveja negra? Me río de ellos. No soy la oveja, soy el Lobo.
Después por hobbie me dediqué a robar coches y una que otra tienda. No me juntaba con buenas personas. Como sugiere la canción de Serrat: a pesar de todo esos eran amigos de verdad.
Resultó que a casi todos ellos los agarraron, excepto a mí. Después ellos se casaron y trataron de reformarse, otros se perdieron en la droga y en el vicio, otros más no sobrevivieron la noche número cuarenta. Decidí alejarme de ellos.
¿Les dije que también me hice hacker? Claro está, si me aprendí Unix y cómo me encanta jugar con la mente de las personas, aprendí pacientemente todas las herramientas. Decidí cometer las fechorías desde la comodidad de mi hogar, así me evitaría episodios sangrientos. Detesto la sangre, no podría tomar la vida de un ser vivo ni de chiste.
Mi mamá solía reírse de mí en ocasiones y me advertía que no toda la gente era como yo. Eso me lo decía para que me cuidara de los malvados de chiquito. Debí haberle hecho caso… una vez rastree el e-mail de un narco y me enteré de cierto dinero que estaría en cierto lugar. Llegué y me lo llevé. Pan comido.
Y luego sucedió algo muy extraño cuando seguí rastreando a este narco, algo de un negocio de unos rusos. Fue la misma dosis, me presenté y me llevé el dinero. Después pasó que hizo negocio con unos traficantes chinos. Como me gusta jugar con la suerte, me llevé también el dinero de los chinos.
Los chinos no tardaron en descubrirme, ellos si saben de computación. Y ahora estoy en una lista negra de chinos, rusos y narcotraficantes. Encontré en los mails que un hombre llamado “Mikhal” me estaba buscando y por todo lo que leí, le gusta mucho la sangre.
Espero que el pueblo de mi mamá sea lo suficientemente tranquilo.
Fueron catorce horas, entre camión y camión. Traté de dormir lo mejor que pude. En estos momentos, Mikhal debe estar descubriendo que en mi casa no hay nadie. Espero no haber dejado ningún rastro, pude meterme al registro y borrar todo vestigio de mi existencia, quemé fotos y documentos relacionados a mis hermanos.
Me hubiera encantado dejar el de Migue. Migue siempre me cayó mal, pero él hubiera dado la dirección de mi madre sin rechistar.
Que me agradezca mi hermano que le perdoné la vida, en esta historia no soy Caín.
Saqué un cigarrillo, me bajé del camión y lo prendí. Agradecí al conductor cuando bajaron varias personas y éste me asintió, para después perderse en una carretera mal pavimentada. Miré alrededor. Efectivamente, un pueblo demasiado tranquilo. Lo primero que se alzaba era una capilla cuya cruz quería tocar el cielo, mujeres con la cabeza tapada que se acercaban para la misa de las siete, hombres de jeans y de sombrero, niños que perseguían gallinas.
Tuve el impulso de perseguir al camión y rogarle que me regresara a casa. Sin embargo, la imagen de un ruso de dos metros, con el cabello amarillo cuidadosamente rapado a uno, vistiendo de negro y llevando la mano siempre en el bolsillo derecho me detuvo. Apagué el cigarrillo a la mitad malhumorado y me puse a caminar con mi única maleta de bolsillo.
No le avisé a mamá. Espero sea una grata sorpresa.
Como buen forastero, la gente se me quedaba mirando, tratando de identificarme. Como suele suceder en los pueblos. Una que otra viejita cuchicheaba con otra, mientras me miraban de reojo, como si conocieran los motivos por los que vine a dar aquí. No me importó, me sonreí y luego les sonreí. Se alejaron hasta que se sintieron seguras, continuaron mirándome y comentándome en silencio. Los viejos que estaban sentados en la entrada de su casa, alzaron un poco el sombrero y me siguieron con los ojos.
Recibí la misma reacción la primera vez que visité a mamá. Y debo decir, que me gustó y que me sigue gustando. Con mejor sabor de boca, prendí un nuevo cigarrillo.
Hacía mucho que no visitaba a mi mamá. Mi cabello estaba lleno de canas y tenía una barba y bigote de hacía unos días. No dormía bien desde que supe de Mikhal. Esperé encontrarme a doña Lucha y cuando pasé por la que era su tienda, había un moño negro colgado y estaba cerrado. Lástima, doña Lucha estaba muerta.
No tardé en llegar a la casa de mi mamá. Una casa de dos pisos, con uno que otro balcón. La señora sabía ahorrar el dinero. Suspiré y dejé mi maleta, pasé una mano por mi cabello. Me sentí como el viejo padre del exorcista, cuando bajó del taxi y miró de frente a la casa donde se esconde el destino.
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