La rata que se inventó mi mamá (primera entrega)
Jueves, 14 de Enero de 2010 17:26

por Agustín Fest
Antes de irme debía despedirme de mi gorda, o eso me reprochaba la conciencia: “¿Hace cuánto que no ves a tu madre?”, unos diez u once años. Ella había decidido vivir sola en la casa de aquel pueblo tranquilo donde hasta Dios se aburría de que le rezaran todos los días. Me serviría estar ahí un tiempo para esconderme y pensar que le diría a mi madre: las razones de por qué hice lo que hice y luego despedirme definitivamente. O quien sabe, tal vez vivir en ese pueblo indefinidamente —si era cierto que era tranquilo—, entonces no habría forma de que ellos pudieran encontrarme.
Mi madre ya era una señora grande: sesenta y tres años. Aunque si tomamos en cuenta que yo tengo cuarenta y dos, me tuvo muy joven. Tuvo a tres de mis hermanos antes que a mí. Sí, mi madre era de esas señoras que pensaban completar el equipo de fútbol.
Mis cinco hermanos le visitaban más seguido, ellos si se tomaban su tiempo (tres veces al año) para hacerlo. ¿Por qué no lo hacía yo? Desde joven fui considerado la oveja negra de la familia, me miraban leyendo a los cinco años “Papillón”, “Drácula” y “El exorcista”. Sabían que algo raro pasaba conmigo. No los culpo, yo les abandoné y los orillé a abandonarme.
La gorda era una persona dominante con todos, excepto conmigo. A pesar que la familia sabía que tenía la etiqueta de raro-excéntrico-criminal-y-oveja-negra, ella me sobreprotegía a mí, no a ellos. Tal vez por eso mis hermanos la visiten más seguido, deben satisfacer algún vestigio de su complejo de Electra, o tal vez siguen hablando de mí a mis espaldas, tratando de manchar su buena imagen.
He tomado el primer camión, deberé de tomar otros dos más. Uno bonito y dos guajoloteros. Mi gorda vive en un pueblito muy tranquilo y muy escondido, donde espero que ellos no puedan encontrarme.
Soy un vividor, debo admitirlo. Algo así como un producto de la era moderna, de esta sociedad capitalista y demócrata (siempre quise decir eso). Desde chiquito me fascinaron las computadoras (mi primera fue una Commodore 64, me encantaban los jueguitos, ¿qué puedo decir?). Claro, nunca fui bueno en matemáticas. Me gustaba la historia y la literatura. Estudié dos semestres de Sociología, dos de Pedagogía y dos de Sistemas Computacionales. Tremendo paquete resulté ser… ¿y mis hermanos pensaban que era una oveja negra? Me río de ellos. No soy la oveja, soy el Lobo.
Después por hobbie me dediqué a robar coches y una que otra tienda. No me juntaba con buenas personas. Como sugiere la canción de Serrat: a pesar de todo esos eran amigos de verdad.
Resultó que a casi todos ellos los agarraron, excepto a mí. Después ellos se casaron y trataron de reformarse, otros se perdieron en la droga y en el vicio, otros más no sobrevivieron la noche número cuarenta. Decidí alejarme de ellos.
¿Les dije que también me hice hacker? Claro está, si me aprendí Unix y cómo me encanta jugar con la mente de las personas, aprendí pacientemente todas las herramientas. Decidí cometer las fechorías desde la comodidad de mi hogar, así me evitaría episodios sangrientos. Detesto la sangre, no podría tomar la vida de un ser vivo ni de chiste.








